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lunes, 7 de julio de 2025

NO SOY COMUNISTA

Por Juan Carlos Aguilera Pérez

No soy comunista. La frase se ha convertido en un pasaporte retórico para
candidatos que, mientras diseñan programas de ingeniería social, repiten con sonrisa beatífica que su proyecto no tiene nada que ver con la vieja hoz y el martillo.

Hugo Chávez la usó en 1998. “Yo no soy comunista. Ni siquiera soy socialista”, declaraba en un mitin, según El Nacional. Luego, en el año 2007, en cadena nacional, confesó: “No tengamos miedo de decirlo. Esta es una revolución socialista”. Así se selló el destino de Venezuela: inflación de seis dígitos, millones de exiliados, desnutrición infantil.


Daniel Ortega, poco antes de retornar al poder, ensayaba la misma coreografía: “Ahora somos demócratas. Aprendimos de los errores. El pueblo manda”. Años después, The Economist titulaba: “Nicaragua: la dictadura perfecta”.


Gabriel Boric, en la segunda vuelta de 2021, desplegó idéntico libreto. Recordemos algunos de sus mensajes: “No queremos destruir nada, queremos construir algo mejor”.

“Mi compromiso es con la democracia y con los derechos humanos, en todo    tiempo y lugar”. “No somos comunistas, y no lo vamos a ser”.


Sin embargo, mientras su equipo de campaña corregía afiches con mala tipografía y maquillaba el programa refundacional que su propio conglomerado había redactado, el Partido Comunista publicaba documentos internos que pintaban otro paisaje.


[Documento] Resoluciones del XXVII Congreso Nacional Partido Comunista de Chile:“Fortalecimiento del Partido a base de nuestros principios como el centralismo democrático, la unidad en la acción, la vigilancia revolucionaria, la disciplina consciente, el marxismo, el leninismo y el feminismo.”

Si esto no es comunismo, uno se pregunta qué demonios será.


La capacidad de metamorfosis del marxismo no es un accidente, sino una característica esencial. Ya lo advirtió Jean-François Revel en La gran mascarada“El comunismo nunca renuncia a sí mismo. Cuando fracasa, simplemente cambia de nombre, se disfraza de democracia radical, de populismo ilustrado o de progresismo filantrópico”.


Antonio Gramsci enseñó que el triunfo de la revolución requería primero “la conquista de la sociedad civil”, que debía lograrse por medios culturales y simbólicos, antes que por violencia. En sus palabras: “El socialismo debe presentarse como la forma superior de democracia”. (Cuadernos de la cárcel, Cuaderno 13)


Por eso, cuando se les escucha repetir “no soy comunista”, es útil recordar que Gramsci consideraba la hegemonía cultural una antesala imprescindible: la pedagogía de masas que disuelve resistencias morales.


En Chile, ese proceso tuvo su ensayo general durante el proceso constituyente, donde la retórica de la dignidad se mezcló con la amenaza sutil: o aceptabas el texto que refundaba todo, o eras un cómplice del neoliberalismo. Tras el rechazo, vino la operación cosmética: “No somos comunistas”, sino reformistas sensatos que solo quieren “transformaciones profundas” —un eufemismo que traducido al lenguaje de los manuales de Lenin significa la demolición paulatina de las instituciones liberales.


El politólogo Steven Levitsky, en Competitive Authoritarianism, describió con precisión este fenómeno:

 

“Los regímenes autoritarios competitivos se presentan como democráticos, pero manipulan las reglas informales, la opinión pública y el sistema legal para asegurar su permanencia”.


Y si alguien duda, que lea el reciente Informe sobre Derechos Humanos y Democracia de IDEA Internacional, que coloca a Nicaragua y Venezuela en la categoría de “dictaduras consolidadas”, nacidas de urnas democráticas.


Quizá la pregunta de fondo sea por qué el marxismo siempre necesita mentir sobre su naturaleza. La respuesta la dio Václav Havel, otro hombre que conoció de cerca la máscara socialista:


“El poder totalitario comienza con una mentira. No porque sea incapaz de decir la verdad, sino porque la verdad es su enemigo mortal”.

 

Havel describía el comunismo como un sistema donde la mentira pública es el cimiento, y la obligación de fingir es la argamasa que une la estructura.


Por eso, cuando Gabriel Boric prometía no ser comunista mientras proponía nacionalizaciones, disolución del Senado, consejos de justicia politizados y control cultural, muchos comprendimos que aquel guion lo habíamos visto antes.


Se podrá decir que exageramos, que no hay gulags ni brigadas de choque. Cierto. Hoy el marxismo aprendió que no hace falta quemar iglesias ni fusilar disidentes de inmediato: basta con convertir a los discrepantes en sujetos sospechosos y hacerles pagar un costo simbólico.


Si alguien cree que exagero, que lea el Acuerdo del Comité Central, donde se afirma que el rol del Partido Comunista es “orientar la conciencia política de los sectores populares” y “superar el individualismo burgués”. ¿Esto es socialdemocracia? ¿O la misma vieja receta servida en vajilla minimalista?


“No soy comunista”, repetirán una y otra vez, con la fe ciega de quien confía en que un pueblo agotado por la incertidumbre preferirá cerrar los ojos. Quizá tengan razón. Pero los que conservamos un mínimo de memoria y decencia no estamos dispuestos a tragarnos el cuento.


Bibliografía mínima y complementaria

·       Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel. Ediciones Era, 1981.

·       Djilas, Milovan. La nueva clase. Ariel, 1993.

·       Levitsky, Steven & Lucan Way. Competitive Authoritarianism: Hybrid Regimes after the Cold War. Cambridge University Press, 2010.

·       Revel, Jean-François. La gran mascarada. Tusquets, 2002.

·       Havel, Václav. El poder de los sin poder. Ediciones Encuentro, 1990.

·       Zinoviev, Alexander. Homo Sovieticus. Tusquets, 1985.

·       Comité Central del Partido Comunista de Chile. Acuerdo de enero de 2025. Disponible en pcc.cl/documentos

 

El Autor:

·      Juan Carlos Aguilera P.

Dr. Filosofía y Letras. Universidad de Navarra. Catedrático de Filosofía. Director de Empresas Familiares.

Fundador del Club Polites. Contacto: 569 91997881.

domingo, 29 de junio de 2025

LA POLÍTICA REGIONAL Y COMUNAL DE “IGUALDAD DE GÉNERO”: ARGUMENTOS CRÍTICOS

 La llamada 'igualdad de género' que pretende institucionalizar el Gobierno Regional de Santiago mediante su política 2024–2029 y a nivel comunal con el llamado sello de igualdad de género del PNUD no es una neutral búsqueda de equidad entre personas. Es, en cambio, la articulación regional y comunal de una ideología global, sistemáticamente construida, con vocación de hegemonía cultural. Esta crítica se adentra, de manera general, en los presupuestos ideológicos que la inspiran y en las consecuencias destructivas que derivan de su aplicación política. La igualdad real —la que brota del reconocimiento del otro en su diferencia irreductible— no necesita aparatos de reingeniería antropológica, sino verdad, justicia y amor a la persona tal como es.

1.- La neutralización de la diferencia sexual

El primer presupuesto ideológico que se impone es la negación de la diferencia sexual. A través del concepto de 'género', la diferencia entre varón y mujer pasa a ser considerada una construcción social arbitraria. Este principio deslegitima todo aquello que esté vinculado a la corporalidad sexuada, como la maternidad, la paternidad o el matrimonio como unión de personas de sexo complementario. En lugar de reconocer el cuerpo como don y expresión de la persona, se lo reduce a una estructura vacía, disponible para la intervención técnica. La diferencia, que es fuente de fecundidad social, se transforma en enemiga del poder personal. Pero sin diferencia no hay reciprocidad, y sin reciprocidad no hay comunidad posible.


2. El conflicto como principio fundacional 


Inspirada en claves marxistas y feministas radicales, la política de género parte de la convicción de que la historia de las relaciones entre sexos es una historia de dominación. El varón es presentado como opresor estructural, y la mujer como víctima institucional. Esta vez de sanar las heridas históricas mediante la reconciliación, se propone un nuevo antagonismo como motor. Esta forma de pensamiento anula la posibilidad de comunión entre varón y mujer, pues solo puede concebir relaciones como lucha por el poder. Lo político sustituye a lo personal, y la justicia se confunde con revancha.


3.- La subordinación de la maternidad y el desprecio del don.


Uno de los presupuestos más dañinos es la visión economicista de la autonomía. Se considera que la mujer solo alcanza dignidad plena en la medida en que renuncia a la maternidad como vocación primaria y entra al mercado laboral como individuo autosuficiente. Esto significa que el acto más grande de entrega, el cuidado del hijo, es considerado un retroceso, una dependencia o una forma de opresión. La maternidad no se valora como acción humana amorosa, generosa y agradecida de primer orden, sino como una 'renuncia' que debe ser compensada por el Estado. El ideal de persona así proyectado es aquel que no necesita a nadie, y no se debe a nadie. Pero la libertad sin vínculos no humaniza: aísla.


4.- El cuerpo como superficie neutra.


La ideología de género ha dejado de ser una defensa de derechos para transformarse en una antropología deletérea. El cuerpo ya no tiene significado intrínseco, sino que debe ser interpretado, corregido o incluso negado en función del deseo. Esta disociación radical entre cuerpo e identidad abre la puerta a mutilaciones, hormonizaciones y tratamientos irreversibles como si fueran derechos. Se promueve, incluso desde la infancia, una ruptura con la corporeidad como si el cuerpo no dijera nada. Esta es la antropología del vacío: ya no somos, solo deseamos ser. La medicina, la psicología y la educación quedan al servicio de la voluntad individual disociada de todo realismo ontológico.


5.     El Estado como redentor de la cultura.


Otro presupuesto esencial es el rol del Estado como agente de transformación antropológica. La política de género no se limita a proteger a personas en situación de fragilidad: quiere rediseñar la cultura, los afectos, las creencias, los usos del lenguaje, los contenidos curriculares y el modelo de familia. Se otorga al Estado una misión mesiánica que lo convierte en pedagogo de la conciencia. Bajo la noción de 'transversalización del enfoque de género', cada política pública debe subordinarse a este paradigma ideológico. Así se sustituye el principio de subsidiariedad por una lógica de control social. La pluralidad cultural desaparece ante el dogma único del deseo convertido en norma.


6.- El pluralismo identitario como disolución del bien común.


Desde la teoría interseccional, se enseña que cada sujeto pertenece a múltiples categorías de opresión y debe ser visibilizado en su diferencia. El resultado es una política que no busca la unidad, sino la fragmentación constante. Se abandona la noción de bien común y se reemplaza por una suma de demandas parciales, a menudo incompatibles entre sí. El Estado, en vez de armonizar, administra agravios. Así, la sociedad se convierte en una colección de minorías organizadas que compiten por poder simbólico. Sin un horizonte ético común, la política se degrada en administración del resentimiento.


7.- Moral pública sin verdad.


En este paradigma, la única norma ética válida es la no- discriminación, entendida como validación obligatoria de toda forma de vida, cualquiera sea su naturaleza. No se permite distinguir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo humano y lo degradante. El juicio moral es sustituido por la adhesión emocional. La conciencia, desarraigada de la verdad, se vuelve volátil, y la libertad se vacía de contenido. Así, lo que se presenta como inclusión es, en realidad, una negación sistemática de todo principio normativo.


Conclusión: la raíz es el problema.


No basta con señalar los excesos de la política de género: hay que denunciar su raíz. El problema no es solo práctico: es ideológico. El proyecto igualitario del Gobierno Regional y de nivel comunal no se puede corregir desde dentro, porque ha sido concebido desde una lógica incompatible con la realidad del ser humano. Aceptar sus presupuestos es renunciar al lenguaje del cuerpo, a la diferencia originaria, a la comunidad natural que es la familia, y a toda forma de bien común enraizado en la verdad. Por eso, la verdadera política humanista no puede configurarse sobre esta base. Solo una nueva visión de la persona, del amor y de la libertad puede devolver al debate público el sentido común extraviado.

El análisis y crítica detallada de la Política Regional para la Igualdad de Género como del Sello de Igualdad de Género a nivel comunal, será realizado en una jornada especial. También se propondrá una política alternativa.

 

El Autor:

• Juan Carlos Aguilera P.

Dr. Filosofía y Letras. Universidad de Navarra. Catedrático de Filosofía. Director de Empresas Familiares.

Fundador del Club Polites. Contacto: 569 91997881.

 

• El archivo del texto lo puede compartir con quien deseé.

Santiago del Nuevo Extremo, 29 de Junio del 2025. Fiesta de san Pedro y san Pablo.

lunes, 9 de junio de 2025

EL ECLIPSE DE LO HUMANO: LA VIDA COMO PRODUCTO

 Por Juan Carlos Aguilera

Desde hace décadas, el progresismo ha dejado de concebir la vida como un don para transformarla en un artefacto desechable. La noción de vida, otrora entendida como un don, ha sido domesticada por los nuevos ingenieros sociales del progresismo. En esta operación, el pensamiento de Michel Foucault ha sido decisivo, especialmente su lectura de la biopolítica en La volonté de savoir, primer volumen de L’histoire de la sexualité. Allí, Foucault desarrolla una tesis tan lúcida como corrosiva: el poder moderno ya no se ejerce matando, sino administrando la vida.

Uno de los grandes instrumentos del poder desde el siglo XVIII ha sido la medicalización de los comportamientos, los cuerpos, las poblaciones” (La volonté de savoir, p. 184). “El poder tomó a su cargo la vida. Más que el derecho a hacer morir, ejerció el poder de hacer vivir” (ibid., p. 188).


La soberanía clásica cede paso a un poder capilar, técnico, que no prohíbe, sino que regula. La vida es fragmentada en saberes, números y políticas públicas. Y como el propio Foucault dirá en otro texto:

“La vida no puede ser pensada como simple dato natural, sino como resultado de prácticas discursivas y técnicas científicas que la hacen aparecer como objeto de saber y campo de intervención” (La vie: l’expérience et la science, p. 19).


En el Chile del siglo XXI, esta lógica ha sido asumida con fervor casi religioso por los gobiernos de la izquierda refundacional, en especial los de Michelle Bachelet y su heredero ideológico, el Frente Amplio. Ambos proyectos comparten una idea de la vida profundamente marcada por este paradigma: la vida debe ser subordinada a los procedimientos del deseo y de la autodeterminación. Basta revisar los pilares del segundo gobierno de Bachelet —aborto en tres causales, ley de identidad de género, educación sexual integral— para advertir la matriz común: no se trata de custodiar lo humano, sino de rediseñarlo.

 Foucault, claro está, no escribió textos para legislar en Valparaíso, pero su influencia es visible en el modo en que el progresismo chileno ha entendido el cuerpo, la sexualidad y la vida. La persona ya no nace en una comunidad de vida y amor, sino que es producido por dispositivos normativos.

“La vida no puede ser pensada como simple dato natural, sino como resultado de prácticas discursivas y técnicas científicas que la hacen aparecer como objeto de saber y campo de intervención” (La vie: l’expérience et la science, p. 19).

En efecto, la vida ya no es el fundamento, sino el efecto de una red de saberes y controles. El poder, al medicalizar la existencia, produce individuos administrables, identidades flotantes, cuerpos gobernables.


El progresismo chileno ha profundizado este modelo con una lógica aún más radical. Ya no se trata solo de administrar la vida, sino de desarraigarla. La educación no transmite, deconstruye. La salud no cura, afirma identidades. La política no gobierna, redime. En nombre de una “vida digna”, se ha vaciado toda noción objetiva de dignidad. ¿Quién define lo digno? El sujeto, moldeado por el Estado como consumidor de derechos, desligado de toda verdad y de todo deber.


Así, la vida se convierte en una hoja en blanco. Pero una hoja en blanco necesita un redactor. Y es ahí donde el Estado se vuelve tutor total: redacta, edita y corrige. Al mismo tiempo que proclama la autonomía del sujeto, lo sujeta a una malla densa de protocolos, comisiones y políticas públicas. Foucault lo advirtió con precisión:

“Se está instaurando una política que define lo que debe ser una vida normal, un cuerpo sano, una sexualidad aceptable” (La volonté de savoir, p. 181).

Y cuando la regulación se disfraza de libertad, asistimos al más sutil de los autoritarismos.

 

Aquí aparece la crítica profunda de Vittorio Possenti, amigo del Club Polites, quien en su obra La rivoluzione biopolitica. La fatale alleanza tra materialismo e técnica cuestiona la ambigüedad ética del concepto foucaultiano de biopolítica. Si el poder moderno asume como función central el control de la vida —dice Possenti—, ¿cuál es entonces el criterio para distinguir entre gobierno legítimo y manipulación tecnocrática? La neutralidad foucaultiana, afirma Possenti, termina legitimando cualquier forma de intervención estatal sobre el cuerpo.

“La vida se convierte en materia de decisiones políticas sin referencia a una verdad sobre el hombre; y sin esa verdad, la biopolítica degenera fácilmente en tanatopolítica”.

Y en otro pasaje:

Foucault ha contribuido a describir con fuerza la nueva forma de dominio, pero no nos da criterios para juzgarla ni para resistirla”.


En efecto, la crítica de Possenti apunta a que el análisis foucaultiano,
aunque agudo en su descripción del poder, carece de horizonte normativo. El poder “produce” sujetos, pero ¿con qué fin? ¿Con qué límite? Cuando todo se reduce a relaciones de fuerza, incluso la vida pierde su inviolabilidad. Lo que se pretendía emancipador termina legitimando nuevas formas de intervención sobre lo más íntimo.


En Chile, esta biopolítica sin alma se ha institucionalizado en nombre de los derechos: aborto, eutanasia, identidad de género infantil, reproducción asistida sin criterios, etc. La vida se vuelve negociable. Lo humano, disoluble. La biopolítica, sin corrección ética ni metafísica, se transforma en biogestión. Como lo resume Possenti:

La biopolítica necesita una metafísica de la vida; sin ella, solo queda administración del cuerpo según las conveniencias del poder” .


El drama es que esta concepción termina por erosionar las bases mismas de la vida humana en sociedad: la familia, la transmisión cultural, la diferencia sexual, la gratuidad del nacer. En el Chile refundacional, el aborto es celebrado como derecho y la maternidad como carga, la filiación es un “constructo” y el vínculo con los padres una convención revisable. Como si la vida humana fuese una función del lenguaje, no una realidad anterior a todo discurso.


En el fondo, el progresismo chileno ha adoptado una visión escindida de la vida: separada de la naturaleza, de la comunidad, de la trascendencia. El resultado es una vida sin raíces, sin límite y, finalmente, sin sentido.

 

En su intento por liberarla de toda determinación, la ha dejado vacía. Lo que se presenta como emancipación no es más que abandono.


Frente a este panorama, urge recuperar una visión de la vida que no dependa de su utilidad, planificación, reconocimiento estatal, o deseo, sino su carácter sagrado y gratuito. La vida no es objeto, ni proyecto del estado, ni identitarismo subjetivo. No se funda, se acoge. La vida es anterior a todo proyecto y a todo gobierno. Pues, la vida es un don, y custodiarla es el primer deber de toda política verdaderamente humana, respecto de los falsos humanismos que, en nombre de la libertad, reducen al hombre a un expediente.

 

miércoles, 4 de junio de 2025

PRESIDENTE BORIC ENTRE LA SOFÍSTICA Y LA EMOCIÓN: LAS VIOLETAS FLOREZCAN AL CAMINAR

Por Juan Carlos Aguilera.

El presidente Boric se presentó el 1 de junio con la prestancia de quien ha aprendido a ocupar el escenario sin ceder su papel ideológico. Fue un discurso largo, cuidado en sus formas, emocional en su tono y ambiguo en su fondo. Una vez más, el jefe de Estado utilizó su herramienta más eficaz: la palabra, como instrumento de influencia. El arte del discurso –que los griegos llamaron rhetoriké– brilló con destellos que merecen análisis, no sólo político, sino también filosófico.

En su Retórica, Aristóteles distingue tres modos fundamentales de persuasión: logos (la lógica del discurso), ethos (la autoridad moral del hablante) y pathos (la emoción que despierta en su audiencia). La eficacia del orador radica en conjugar estos elementos para mover a la acción, al asentimiento o al aplauso.


Logos: la razón segmentada

En el plano del logos, el discurso presidencial se sostuvo sobre un conjunto de cifras, indicadores y ejemplos puntuales: aumento del salario mínimo, cobertura de salud mental, reducción de jornada laboral, ejecución presupuestaria en regiones. Sin embargo, estos datos fueron presentados de manera descontextualizada, fragmentaria, con evidente omisión de aquellos que podrían poner en entredicho el relato: inflación persistente, cifras de víctimas por delincuencia y narcotráfico, caída de la inversión extranjera, pérdida de confianza empresarial, aumento del desempleo y el escándalo de las fundaciones y las licencias fraudulentas que han convertido al estado en botín.

La razón aquí es instrumental, parcial, estratégica. Es el logos del sofista que sabe manipular los argumentos, no para buscar la verdad, sino para sostener la fachada de verosimilitud. Platón retrató al sofista como aquel que cambia la opinión, no con sabiduría, sino con destreza lingüística. El presidente no miente abiertamente, pero construye un universo narrativo en el que los fracasos desaparecen del campo semántico.

Su logos no es el de la verdad demostrada, sino el de la falacia administrada.


Ethos: la erosión del carácter

En cuanto al ethos, el presidente proyecta una figura dividida. Por un lado, intenta consolidar una imagen de jefe de estado responsable, sensible a los dolores del país, institucionalmente sobrio. Por otro, no logra desprenderse del ethos conflictivo que lo caracterizó como parlamentario beligerante. Su tránsito desde la protesta al orden no ha ido acompañado de un reconocimiento claro de sus errores pasados, sino de una justificación persistente de la revuelta como origen del nuevo Chile.

La credibilidad de su ethos se ve minada por la memoria: el diputado que justificaba la violencia como "expresión legítima del malestar", que alababa a los "presos políticos del estallido", que enfrentó y deshonró a carabineros, que justificó el narcoterrorismo en la Araucanía, que declaró no creer en los acuerdos de la transición. Hoy habla como presidente, pero con el alma del dirigente estudiantil y el diputado que todavía se niega a pedir perdón por los incendios simbólicos y reales que promovió con sus palabras.

Su evolución no es renuncia: es mutación estratégica. El diputado Boric que justificaba el desorden callejero ahora lo llama “malestar legítimo con episodios lamentables”. El que relativizaba la violencia, ahora la denuncia... sin perseguirla. El que criticaba el orden institucional, hoy lo invoca, aunque lo ataca cuando le resulta incómodo. Es el mismo hombre, con otras palabras. En este sentido, resulta un modelo acabado del sofista contemporáneo.

Así, también, se manifiesta el demagogo, no el tirano. El que no impone por la fuerza, pero desliza por la palabra. El que conmueve más que convence, para esto necesitaría razones. El que invoca el bien común mientras impone su propio diseño de lo que “el pueblo” necesita. Es el arte del sofista moderno, ahora vestido de institucionalidad.

 Y, sin embargo, la memoria no olvida. El estudiante antisistema, Gabriel Boric, que llamaba a tomarse las universidades, que celebraba la revuelta, que llamaba a desconocer las “lógicas de transición”, no ha desaparecido. Solo ha mutado estratégicamente. La revolución, aunque frustrada en las urnas, avanza por resoluciones. No se ha rendido: se ha adaptado.

Por tales razones, el presidente no posee autoridad real, considerada como el saber socialmente reconocido. Al parecer, la credibilidad y el prestigio, que se fundamentan como criterio último en la confianza, están ausentes en el ethos del presidente.


Pathos: el gobierno de las pasiones

Donde el discurso presidencial alcanza su mayor eficacia es en el pathos. La apelación a los sentimientos fue constante y cuidadosamente calculada. El relato de mujeres cuidadoras, niños con problemas de salud mental, jóvenes con movilidad reducida, pueblos originarios en lucha por reconocimiento o los rostros de niños con TDAH que, gracias al Estado, ahora son cuidados.

El lenguaje está tejido para provocar compasión, identificación, ternura. La emoción reemplaza a la argumentación.

En términos de la retórica clásica, el presidente activa pasiones fundamentales: la indignación contra la injusticia, el miedo frente al retroceso político, la esperanza en una patria redimida, y también el orgullo colectivo por los supuestos avances sociales. Pero lo hace sin distinguir entre las emociones legítimas y las manipuladas. La pasión no se ordena al bien común, sino al consenso emocional momentáneo. Al referirse a la transformación de Punta Peuco en un penal común, el presidente Boric no solo ejecuta una decisión política: lanza una proclama ideológica. Sabe que divide, que duele, que no suma votos, pero envía un mensaje a su tribuna. Lo mismo ocurre con su insistencia en el aborto legal hasta las 14 semanas, o con su defensa del proceso constituyente fallido: gobierna con la pluma del Ejecutivo y la voz de la emoción que manipula y ejerce violencia sin armas, pero igualmente letal.

No hay en el discurso una configuración ética de las pasiones como propone el pensamiento político clásico, donde éstas son integradas a la razón y orientadas hacia el bien. En su lugar, el presidente moviliza pasiones desordenadas que desconfían del orden existente, y que legitiman su política del decreto como la única vía para avanzar, dada la “intransigencia” del Congreso. Es el pathos del resentimiento moralizado, del dolor convertido en bandera.


El sofista y el demagogo

Este ejercicio discursivo responde a dos figuras clásicas del  pensamiento  político  griego:  el sofista y el demagogo. El primero, según Platón, es el que vende sabiduría aparente, el que convierte el lenguaje en arma de seducción. El segundo, según Aristóteles, es el que halaga a las masas para obtener poder, aun a costa de dividir la ciudad.

El presidente se ubica en la confluencia de ambos. Su discurso está más cerca del artificio sofístico que de la deliberación racional. No convoca a la virtud ni al deber, sino a la identidad herida y al derecho emocional. Y como demagogo, sitúa al pueblo en contra de las instituciones que no le obedecen. En vez de gobernar con el Congreso, lo sortea. En lugar de configurar acuerdos, los denuncia como herencias conservadoras, por mucho que recurra al término acuerdo o consenso pero vacío de contenido y convicción real.

En su relato, los que no lo apoyan son “quienes temen perder sus privilegios”, “los defensores del modelo”, “los que quieren un Chile para pocos”. El pueblo es uno, puro, inmaculado; sus opositores, egoístas, oscuros, reaccionarios. Esa visión binaria, tan peligrosa como efectiva, es el núcleo de la demagogia clásica y también contemporánea.


La revolución por otras vías

El presidente ha comprendido que su programa ideológico no tiene cabida en el Congreso. Pero en vez de    corregir, redobla la apuesta. Ha recurrido sistemáticamente a decretos, convenios administrativos, modificaciones    reglamentarias, e incluso reinterpretaciones jurídicas para avanzar su agenda de género, identidad, memoria, medioambiente y redefinición del Estado. No se trata de gobernar con la ley, sino de modelar la ley desde el poder ejecutivo. El uso de la palabra pública, entonces, no es una rendición de cuentas al país, sino una actualización performativa de la revolución. No necesita balas ni barricadas: tiene decretos y discursos. La constitución política rechazada por la ciudadanía vive en forma de programa, y el programa vive en forma de discurso.

Chile escuchó un discurso. Pero en el trasfondo, lo que se proyectó fue una ideología. Una que no admite correcciones de fondo, sino ajustes de forma. Porque cuando se gobierna con minoría pero se predica como mayoría, el discurso se vuelve la principal arma. En ese sentido, la palabra reemplaza a la ley. La emoción a la razón. Y el decreto a la deliberación, son las violetas que florecen al andar.