Por Marcela Mansilla
Recuerdo con ternura y perdón mi inocente reacción de aquel martes lluvioso de septiembre, el cual hoy conmemoramos. Lo hago con ternura, porque solo era una niña de 10 años; y con perdón, porque en ese entonces no fui capaz de dimensionar la profundidad de la tragedia que vivíamos. En ese momento fue todo tan repentino. Estaba con mis hermanos en casa de mis padres, en el corazón de la Villa Frei, en Santiago. Entonces noté a mi madre encender la televisión, y vi, perpleja y en blanco y negro, el asedio y bombardeo a La Moneda. Yo, sin entender nada, salí a compartir, con mis pequeños/as amigos y amigas, lo que había visto. Ya en la calle comencé a notar recién el ambiente opresivo y enrarecido. Pues, hubo muchos vecinos que salieron de sus casas a demostrar lo sentido. Unos, evidenciaban su indignación y dolor llorando; otros, alegres por lo sucedido, izaban la bandera riendo agradecidos.
Pasaron 5 años de ese oscuro momento. Fue en 1977 cuando comencé a comprender la complejidad de lo que había sucedido aquel 11. Pues, con mi grupo de amigos del barrio, empezamos a hablar con más fluidez sobre el tema. Y de esas conversaciones concluí que lo estaba viviendo el país no era bueno. Cuando acabé la enseñanza media supe y pronunciaba sin miramientos que estábamos en una cruel dictadura. Y pese a esta decisión, que para unos pocos de mis amigos no era correcta, los amigos del barrio seguíamos encontrándonos. Pues, todos sabíamos que más allá de la nefasta contingencia, ese pequeño barrio seguía siendo nuestro barrio.



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